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Mostrando las entradas etiquetadas como Alteridad

El pequeño escritor

Dentro de mi hay muchos hombres: el confiado y el humilde; el ateo, el guerrillero y el que sucumbe ante el peso de lo real; el soñador, el creyente y el inconformista; el independiente y el adicto a la alabanza; el afable, el calculador, el envejecido y el viejo; el adulto, el niño y el loco; el genio y el imitador; el blasfemo, el inconsciente, y éste último, el que en plena ambigüedad, entre el revés y el derecho, escribe, pues ha descubierto que todos esos hombres, y a la vez ninguno, son en realidad yo mismo; y sueña escribir una historia con sentido, una vida unificada más allá de sí mismo, en la que mujeres y hombres de todos los hombres y mujeres cenen juntos y bailen mirando al cielo. Hasta aquí  lo que fue en el origen "El pequeño escritor". Ahora una reflexión que muestra algunas ideas de fondo: "Todos esos hombres, y a la vez ninguno, son, en realidad, yo mismo." Desde niños nos adaptamos a muchos ámbitos (familia, ...

Llueve en las calles

Llovía, y la lluvia fue la excusa para ponerme una bufanda en la cabeza sin temores ni vergüenzas. Llovía, y la lluvia me animó a tomar el camino más corto a casa: callejear por el barrio, atravesando calles transformadas por los años bajo el único amparo de la ley del libre albedrío. Llovía, y la lluvia hizo que tampoco me sorprendiesen los tapados rostros de un joven y un niño quienes, en la noche, bajo el agua, me preguntaban la hora. Llovía, y la lluvia y el miedo no les permitió descubrirse y tenderme la mano cuando quise saber sus nombres; ellos prefirieron seguir con su interrogatorio, pasando de la hora a la cartera, de la cartera al dinero. Llovía, mas no sólo llovía. Llueve. Llueve en la vida de estos chicos anónimos que, sin saberlo, hoy se entrenan para delincuentes. Nadie les ha enseñado aún que son grandes, que tienen un nombre. Llueve en la vida de sus familias, ¡llueve a cántaros!, y algo me dice que ni hoy, ni tampoco mañana, 20N, ningún pez gordo se...

Un beso singular. La heladería

Lucas Ramírez se llamaba el tipo, y hablaba con una bella rubia. Lástima que no le pude sacar el nombre, pero Lucas no le dejó espacio. Su rostro frente al mío, en la mesa de al lado, era frío; sus palabras extranjerismos y sus construcciones verbales en 1ª del singular: yo, yo, yo. Su plural era un singular con matices, un yo engrandecido por la fuerza de un grupo. El galán de la heladería era madrileño, le delataba su acento. La chica, sin embargo, no tuvo acento en toda la noche. Cuando se despidieron, la chica le besó, pensando posiblemente no verlo más. Lucas Ramírez, en cambio, parecía besarse a sí mismo cuando la besaba. Célebre imagen de Joel-Peter Witkin:  "Le baisier"  (El beso), Nuevo México, 1982, Imagen de un cráneo partido a la mitad y colocado de manera que se besa a si mismo. La primera imagen prestada, por decir algo, por S.J.W. Grogan. www.blueponymesa.com/range_art

Miradas para todos los públicos

El problema de las respuestas rotundas, de los argumentos completos y de las conclusiones definitivas, es que acaban con la frescura de las preguntas, y son las preguntas las que nos abren a la vida verdadera. Hace dos o tres años, en algún lugar de Andalucía (probablemente en la feria de Villanueva de Córdoba, pueblo de mi familia materna), una pregunta se me apareció de repente. El contexto de este nacimiento intelectual fue la clásica escena de un bebé rodeado de personas mayores, todas ellas emocionadas hasta el punto de estar dispuestas a hacer cualquier gansada sin sentir vergüenza. Tal vez el alcohol asistente afectaba, pero era la presencia silenciosa del niño la única capaz de transformar la realidad que le rodeaba, y de una forma tan compleja como complejas son las ecuaciones de Einstein sobre la curvatura del espacio-tiempo producidas por un planeta en su entorno. Este bebé (y tantos otros) producen en su microcosmos social una alteración mucho mayor de la que p...