Juanito Manosrápidas fue siempre precoz y gamberro. Cuando, cumplidos los 13, fue detenido por primera vez, ni siquiera su madre culpó del asunto a las malas compañías de su hijito. Ella, mujer prudente y rota, tuvo que reconocer desde el inicio que no había peor compañía en el barrio que la de ese pequeño truhán con quien compartía ojos, sangre, casa y apellido. Juanito aprendió rápido las más nobles artes del terreno de la inmoralidad: los insultos y los odios, el hurto y la huida, el sigilo y el robo con violencia. A los 17 era el líder del centro de menores. A los 24, tras varias idas y venidas, se instaló definitivamente en la habitación 104 de la prisión provincial. Cada noche, cuando el peso de las rejas y la soledad caían sobre sus hombros, él idolatraba la libertad. La deseaba lleno de fuego. La añoraba porque no la conocía, y es que no hay mayor nostalgia que esa nostalgia mágica que sentimos hacia lo no-vivido. Juan vivió de nostalgia, pero la ...
Un espacio de reflexión que incluye opiniones, pensamientos, reflexiones, certezas y creencias que no tienen por qué ser ciertas, pero que son mías. Soy misionero. Soy cura. Intento creer...