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Mostrando las entradas etiquetadas como Palabras

Bibliotecas, aforismos e insultos marrones

Un aforismo es una tesis vaciada de palabras . El saber no ocupa lugar, pero algunos aforismos son demasiado largos. Por eso existen las bibliotecas, para almacenar verborreas y para que los tímidos paseen. La verborrea es la diarrea de la boca y un insulto marrón a las palabras . La mejor compañía de la palabra es el silencio. Cuando esto sucede, ha surgido el  aforismo  y los espacios se han roto.

El plumita Marcelo

Don Marcelo era un tipo oscuro. Tosco en las formas y lúgubre en los afectos. Más tímido que mujeriego, y profundamente sabio. De esos sabios que callan casi siempre, y usan tan sólo la palabra  para enriquecer con matices sus silencios.  Trabajó cuarenta años en un periódico local de la ciudad de Buenos Aires. No le vieron por la oficina en más de quince ocasiones, aunque sí se dejaba ver tomando café en el restorán de la 9 de julio. Cuando niño, su tío le regaló una pluma y le dejó en herencia una historia truncada. Con ellas, poco tiempo después, se alzó en el concurso de narrativa joven de la provincia. El plumita Marcelo tenía un don para contar, para decir, así que su mamá reunió algo de plata y le sacó la matrícula en la academia "Nuevas Artes". Allí no le enseñaron a escribir, sino que le invitaron a leer. Y creció leyendo libros y calles, rostros y aceras. Día tras día, la prensa mostraba las palabras con las que plumita Marcelo leía el mundo -hacié...

Silencio/2

Te noto callado, me dice esta tarde la vida. Callo porque me es difícil dar palabras que, denunciando a otros, me inculpan en primer lugar. Callo por no decir, y ante todos callo: Callo ante el rico que no creerá su injusticia por mis difusas palabras ni por mi vida borrosa. Callo ante sabios y fuertes, no sea que descubran la dosis de envidia escondida en el lenguaje, disfrazada de letras y sonidos. Callo ante el mundo enfermo que no ayudo a sostener. Callo ante el grito que me lanzan mis propios sueños. Callo, sobre todo, ante el pobre que juzga con ojos de silencio mi indiferencia. Y en el silencio humilde nace, como fuego, el deseo de cambio, y crece una nueva forma de ver, de situar cerca lo que es real. Callo y mi corazón resuena. Callo y una voz me habita. Callo y tu presencia bombea con fuerza palabras que son de verdad. Las escucho, no las creo, y callo. Cuando las crea seguiré callado, pero entonces hablará mi rostro.

El proverbio adolescente

Tras pasar y pensar céntricas calles me declaro en huelga y en contra: en huelga de sonidos, en silencio; en contra de palabras, de proverbios. No olvido la ilusión adolescente, las frases bien cortitas y dichosas; capaces de cambiar todas las cosas y dar matices nuevos a las gentes. Mas el saber y el tiempo, compañeros, cargados de rutinas, de desvelos; el peso de la historia ya cansada, me llaman y me llevan de las manos por el camino sin nombre en que los viejos aprenden a olvidar lo que les sobra.

Inadaptado

Creyéndome el dueño del mundo, agarro una pluma que alguien me regaló inscribiendo en ella el nombre que al nacer me pusieron. Me siento en una silla que no podría fabricar, en una habitación que no sabría construir, y me pongo a escribir en un papel salido de un árbol que no planté, un papel que pondré en el contenedor de reciclado, desligándome de su proceso posterior. Y me llaman a un móvil que no sé por qué suena y, al avanzar en las palabras, me voy sintiendo menos dueño, más vulnerable. Y me desconcierta la idea de que los hombres y mujeres más cercanos al mundo, los más capaces de vivir en él, son precisamente los desheredados de todo, los que sobreviven dificilmente, los jodidos. Entonces, avergonzado, enciendo el ordenador y me declaro enfermo de palabrería y culpable de muchas cosas.

Frases boomerang

Es bonito donar sangre. Acudí el 27 de mayo al Centro Regional de Transfusión Sanguínea de Granada. Saludé al recepcionista y a un simpático enfermero cincuentón. Una vez tomado asiento, nos contamos la vida desde el principio, como siempre. De momento el olvido es mi aliado, el que transforma mis presentes repetidos en presentes renovados. Temo que algún día me falle y recuerde su rostro pero, si algo así me sucede, haré como esos abuelos que fingen estar mal de la memoria, sea para contar una vez más aquellas historias que les hicieron vibrar, sea para escuchar los éxitos de sus nietos en la escuela. Volvamos a la sala, donde una mujer también con bata blanca participaba como oyente en la conversación. ¿Mucha gente? Sevilla. 2 años. Teología. Misionero. No, Claretiano. Misionero Claretiano. Ahí, frente a la Guardia Civil. ¿Ah, sí? Qué pequeño es el mundo.  La Iglesia. El 15 M. Uruguay. San Sebastián. Bildu. Después de muchas preguntas y respuestas le soltaba yo una cursilada...