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Mostrando las entradas etiquetadas como Barrio

Silencio/1

  Existen muchos tipos de silencios, el carente de ilusión y el inundado de paz, el que experimento cuando camino entre una gran multitud o cuando decenas de pies recorren con los míos un túnel durante una carrera. El silencio del detenido, el silencio con el que se defiende el tímido de la acusación de ser él mismo. El silencio de los violentamente silenciados y el de quienes se cansaron de gritar en vano. Entre todos ellos, existe un silencio más intenso y profundo: el que brota de una mirada cargada de dolor, que no admite palabras pero sí una mano tendida. Es un silencio lleno de realidad, que sobrecoge y asusta; un silencio envuelto en una oscuridad luminosa, atravesado por una luz oscura, y también por un ruido: el ruido de la esperanza. 

Mi pésame, mujer

Mujer, en el suelo arrodillada junto al sangrar de dos cuerpos tirados, tus ojos de silencio allí clavados sueñan ver una luz en tanta nada. Mujer, esposa y madre desolada, no pueden ni podrán los magistrados comprender jamás que te has quedado con ellos tú también crucificada. Mujer, vecina, viuda, madre, sola, como colma la lluvia nuestro Darro su ausencia colmará tus soledades. Mujer, vecina, viuda, madre, sola, no dejes que te trague el denso barro formado en tristes tierras de maldades.

Llueve en las calles

Llovía, y la lluvia fue la excusa para ponerme una bufanda en la cabeza sin temores ni vergüenzas. Llovía, y la lluvia me animó a tomar el camino más corto a casa: callejear por el barrio, atravesando calles transformadas por los años bajo el único amparo de la ley del libre albedrío. Llovía, y la lluvia hizo que tampoco me sorprendiesen los tapados rostros de un joven y un niño quienes, en la noche, bajo el agua, me preguntaban la hora. Llovía, y la lluvia y el miedo no les permitió descubrirse y tenderme la mano cuando quise saber sus nombres; ellos prefirieron seguir con su interrogatorio, pasando de la hora a la cartera, de la cartera al dinero. Llovía, mas no sólo llovía. Llueve. Llueve en la vida de estos chicos anónimos que, sin saberlo, hoy se entrenan para delincuentes. Nadie les ha enseñado aún que son grandes, que tienen un nombre. Llueve en la vida de sus familias, ¡llueve a cántaros!, y algo me dice que ni hoy, ni tampoco mañana, 20N, ningún pez gordo se...

Esperanza en medio del asfalto

Durante 22 años sólo he vivido en 2 ciudades, Granada y Sevilla, ambas lo suficientemente asfaltadas como para creer que todo en la vida es el hombre, pero también lo suficientemente habitadas como para que abunden los excluidos, los ancianos solos, los jóvenes enganchados, los divorciados que piden comida, los inmigrantes cuyo trabajo es a veces perseguido por el trabajo de los policías, las mujeres sin recursos, los niños en la calle, la indiferencia de quienes no nos damos cuenta. En concreto, en Granada la tasa de paro es una de las más altas de España, creo que en torno al 30%. Estos problemas se concentran además en algunas zonas, como el polígono Almanjayar, donde yo vivo. Ante esta situación, y ante muchas otras, hay muchas posibles reacciones. - Negar su existencia, alegando que "si no lo veo, si no lo conozco, si no me pilla cerca, entonces no existe". Conozco bien esta reacción porque, aunque quiero vivir con austeridad y estas realidades las tengo aquí mismo (...