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Mostrando las entradas etiquetadas como Muerte

Otra foto en el Egeo

Muchas palabras en aquel correo electrónico que leí de corrido. Una foto al final, de mucho peso . Tanta que a mi móvil le costó abrirla, quizá como advertencia sutil de lo que nos pasa: indiferencia a grandes sorbos, desconexión de los dramas de nuestro tiempo... En la foto un mar, dos policías turcos y un niño muerto. Mi contemplación silenciosa permitió aparecer a distintos sentimientos, a los que no voy a referirme por miedo a nuestra sociedad mediática, tan emotivista como indolente, tan sensiblera como inhabilitada para la acción. Los policías, uno de los cuales sostiene al niño poco antes de la sepultura, parecen habituados a la escena. No es el primer niño. Están tan acostumbrados que no necesitan tocar. Les bastan los agarres del chaleco -¿salvavidas?-, al tiempo que les sobran los guantes. Sí, los guantes que llevan en las manos. Guantes blancos. Guantes limpios. Guantes que expresan con fuerza la distancia entre Oriente y Occidente, entre ellos y nosotr...

Animales ficticios

Somos las personas seres en constante proyección, animales ficticios. Tenemos la habilidad extraña de vivir en lo que todavía no somos, aunque para ello debamos olvidar lo que sí fuimos: pasado, historia, carne, infancia. Y es por ello que tememos la muerte, porque ella pone límite a la ficción, y porque no sabemos refugiar el corazón en el agradecimiento que brota –espontáneo- cuando descubrimos la realidad mayor, la ficción suprema: el día anterior al día en que, ¡por fin!, fuimos… (Recordando a un amigo y su enfermedad...)

Voy a matarte

No nombrarte entre los vivos es como seguir matándote. Pero no puedo nombrarte entre los vivos cuando tengo tan claro que no estás, que ya te has ido. Nombrarte entre los muertos es como matarte todavía un poco más, matar tu vida falsa, consentir la muerte no aceptada. Por eso tengo que nombrarte, sabiendo que estás muerto, aunque sienta que yo también me muero un poco. Voy a nombrarte, voy a dejarte morir, porque ya has muerto. Voy a matarte, y entonces podrá tu nombre resonar tranquilo en mi recuerdo, sabiendo que, al fin muerto, sigues vivo... [A todos aquellos que no se atreven a nombrar a los seres queridos que murieron. A todos los que no encuentran valor para llamar muerte a la muerte. A todos los que padecen algún tipo de culpa encubierta ante la muerte de los suyos...]

Cinco minutos

Era viernes. Había pasado el recreo y los alumnos estaban en el aula. Abusando de la confianza de un aspirante a maestro, irrumpimos en un aula de primaria. Los niños –todavía de pocos años- permanecían en un silencio sorprendido. Sus ojos jugaban con sólo contemplar la presencia de aquellos extraños. Durante el breve diálogo que mantuvimos, mis ojos también jugaban al descubrir sus cuerpos pequeños y sus sonrisas. Cinco minutos entrañables. Cinco minutos que ellos pronto olvidarán. Cinco minutos que me hacen recordar el vacío de todo aquello que ya olvidé, pero que sin duda mereció la pena. Gracias a esos niños, hoy temo un poco menos al olvido y a la muerte, pues ahora sé que vivir es cargar con el recuerdo de los otros, y que morir no es sino dejar a otros recordar nuestros olvidos.