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Mostrando las entradas etiquetadas como relato

Mujeres

Cada mañana disimulaba sus joyas y su alegría al saludar a Basilica, rumana venida a menos, pedigüeña frecuente del portal número 7, madre como ella. Cada mañana aparcaba su ferrari a la puerta de la panadería de Manolo, y debía afrontar la vergüenza y la pobreza de tener mucho más de lo que jamás podría aprovechar. Ella, como Basilica, encontraba la riqueza al otro lado de las cosas. A Lola, filósofa y compañera.

De personas y de llaves

Por despistado tomaban todos a Don Marcial. Había de esforzarse sobremanera para no ir olvidando todo a cada paso: contraseñas, nombres y colores, el lugar donde estacionó y hasta las rosas que cada año (alguna vez) regalaba a su esposa el día de su aniversario. Pero Marci, como algunos le llamaban, era un luchador. Se armaba de lentos ritos para no caer en las desastrosas consecuencias de sus despistes cotidianos. Caminaba con una pequeña agenda en el bolsillo, la cual a menudo consultaba. Se dejaba avisos en la puerta, en el móvil y hasta en la ducha. Y procuraba dejar siempre las llaves sobre la misma repisa. Así le era fácil encontrarlas, aunque cuando no estaban allí no sabía dónde buscar. A pesar de largos años de entrenamiento, el despiste y la nostalgia fueron ganán dole terreno, sobre todo desde que su casa se vació de una presencia muy querida. Él, con una copa en la mano y el horizonte nublado, se escondía en locos pensamientos. Las personas son ll...

Regar la pena

Hoy le pregunté a mi mamá porqué la abuela no quiso vivir más y dijo hasta luego y se fue y se murió y ya no está pero mi mamá no me dijo nada y sólo me dice no te preocupes gurisa porque me llama gurisa no te preocupes y me dio miedo porque yo quiero vivir pero a lo mejor mañana tropiezo y me caigo y me hago daño en la rodilla y ya no quiero vivir más y digo hasta luego y me voy y me muero y ella me dijo tranquila gurisa es normal que te dé miedo pero las niñas no se mueren porque tienen que crecer como las plantas del jardín que les ponemos agua los sábados por la mañana y salen flores y cuando me dijo eso ya me quedé más tranquila pero me acordé de una planta que no le echamos agua un sábado y no dio flores y no quiso crecer y no dijo hasta luego como la abuela pero igual se murió y no sabía mi mamá qué decir y yo creo que le daba pena por la abuela porque se le salieron lágrimas pero luego me abrazó fuerte y me dio un beso y ya sí se le quitó la pena y a mí el miedo. Insp...

Despertar

Juanito Manosrápidas fue siempre precoz y gamberro. Cuando, cumplidos los 13, fue detenido por primera vez, ni siquiera su madre culpó del asunto a las malas compañías de su hijito. Ella, mujer prudente y rota, tuvo que reconocer desde el inicio que no había peor compañía en el barrio que la de ese pequeño truhán con quien compartía ojos, sangre, casa y apellido. Juanito aprendió rápido las más nobles artes del terreno de la inmoralidad: los insultos y los odios, el hurto y la huida, el sigilo y el robo con violencia. A los 17 era el líder del centro de menores. A los 24, tras varias idas y venidas, se instaló definitivamente en la habitación 104 de la prisión provincial. Cada noche, cuando el peso de las rejas y la soledad caían sobre sus hombros, él idolatraba la libertad. La deseaba lleno de fuego. La añoraba porque no la conocía, y es que no hay mayor nostalgia que esa nostalgia mágica que sentimos hacia lo no-vivido. Juan vivió de nostalgia, pero la ...

Sillas y renuncias

Cielo color twitter. Agua descargable de la nube. Pájaros tenores del binario. Y hombres y mujeres que han dejado de saber cuál es su lugar en este injusto y complejo mundo... pero que buscan como siempre lo han hecho. Hoy se necesitan reflexiones, opciones valientes, novedades y renuncias. Tal vez los cambios se inician de repente. Tal vez realidades nuevas están ya naciendo. Tal vez es el momento de que todos nos vayamos un poco de nuestras sillas de poder. Yo, esta mañana, he empezado a redactar mi discurso de renuncia, aunque aún no sé muy bien qué debo dejar o hacia dónde marcharé...

Gris-sesinato

Santi no era daltónico de ojo. Sus ojos estaban bien, pero era ciego por dentro. No le gustaba pintar y le daban miedo los colores.  Los árboles se habían vuelto demasiado verdes, demasiado azul el mar, y  descaradamente marrones  los ojos de la mujer con quien compartió caricias y nostalgias. No fue todo de repente. Empezó eliminando el rojo cuando de niño sus rodillas lloraron tras rodar por el suelo; más tarde cayeron amarillo, rosa y azul. Ya adolescente, Santi se quedó sin naranja ni violeta. Así fue perdiendolos uno a uno, hasta quedar finalmente desesperanzado y gris. Él no era diferente. Le habían enseñado el miedo y la tranquilidad. El miedo a la bondad y al rostro extranjero. La tranquilidad del televisor y del arma cargada en el cajón de la mesita. Él no era diferente, hasta que empezó a no soportar más. La realidad era demasiado real, y los colores demasiado evidentes. Entonces fue cuando lo hizo. No dijo nada a nadie, y se encerró en su casa. ...

La vida de un instante

No puedo detener el tiempo, tampoco la vida que se esconde tras la delgada aguja del segundero, mas puedo traerte a mi lado con palabras detenidas; hacerte ojear siquiera lo que mis ojos contemplan: Una joven y cerrada puerta, con su mango exterior rodeado por dos vueltas de dedos: dedos de mano, dedos de mujer. Junto a la puerta, hierática, ella. Inmóvil por fuera y removida por dentro, con un torbellino dado a luz por la silenciada voz del corazón, con un mareante viento que se eleva. No hay tiempo, nada se mueve. Tan sólo dos calladas transformaciones amenazan alterar el rumbo de lo inmóvil. A un lado del tiempo, los suaves dedos alcanzados por el torbellino interior, decididos a conceder a la mujer una segunda oportunidad. Al otro lado, una palabra...