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Mostrando las entradas etiquetadas como Miedo

El dictador de nuestro tiempo

Miedo es soltar. Nacer, separarse, crecer, distinguirse. Miedo es la cadena, la invitación a romperla y la excusa para no hacerlo. Es comilón y borracho: se come mi libertad y se bebe mi vida. Miedo es el dictador de nuestro tiempo, quizá lo fue de todo tiempo. Quiere dominar, controlar, poseer... Y somete mi voluntad para hacerme su mano derecha, y su izquierda. Un dictador que mueve los hilos con mano invisible, con mis manos. Miedo es la desconfianza junto con lo otro, es la sombra de la tristeza, el fruto de la desesperanza, la muerte desde este lado. El miedo lo es todo cuando es él quien escribe. El miedo no es más que una brisa cuando le quito la pluma y camino hacia delante.

El odio y el miedo. (A propósito de Charlie Hebdo)

El miedo y el odio son dos caras de la misma noticia, dos pasiones que someten al hombre, haciéndolo individuo. El miedo es causa y consecuencia del odio, y el odio no es otra cosa para el miedo. No lo digo yo, lo dice el telediario. Cada día, todos los días, desde el otro día. Día en que unos locos armados –que odian tanto que asustan, ¡tanto que parecen no tener miedo!-, iniciaron su plan de ataque. Vivimos tiempos complejos, repiten los ignorantes de la historia, los presuntuosos que creen haber alcanzado el culmen de lo humano: ¡En pleno siglo XXI! Como si todo hubiera sido fácil para el pasado y para sus víctimas. Vivimos tiempos complejos, divagan los cobardes sin saber si a favor o en contra, los jefes de redacción que no saben si mostrar en portada al profeta lacrimoso o al guapito metegoles, CR7. Vivimos tiempos complejos, se excusan los políticamente interesados, sea para no condenar una masacre o para poner encima de la mesa las guerras que pr...

Gris-sesinato

Santi no era daltónico de ojo. Sus ojos estaban bien, pero era ciego por dentro. No le gustaba pintar y le daban miedo los colores.  Los árboles se habían vuelto demasiado verdes, demasiado azul el mar, y  descaradamente marrones  los ojos de la mujer con quien compartió caricias y nostalgias. No fue todo de repente. Empezó eliminando el rojo cuando de niño sus rodillas lloraron tras rodar por el suelo; más tarde cayeron amarillo, rosa y azul. Ya adolescente, Santi se quedó sin naranja ni violeta. Así fue perdiendolos uno a uno, hasta quedar finalmente desesperanzado y gris. Él no era diferente. Le habían enseñado el miedo y la tranquilidad. El miedo a la bondad y al rostro extranjero. La tranquilidad del televisor y del arma cargada en el cajón de la mesita. Él no era diferente, hasta que empezó a no soportar más. La realidad era demasiado real, y los colores demasiado evidentes. Entonces fue cuando lo hizo. No dijo nada a nadie, y se encerró en su casa. ...

El cáncer del miedo

Después de la tormenta llega la calma, a veces calma tranquila, otras calma atormentada que grita callada en el corazón del hombre. Corazón que decidió enjaularse por miedo a lo ajeno, por temor a ser visto. Corazón apresado, hecho a sí mismo jaula donde los pedros ladran, mordiendo a veces. Abramos las cancelas, aunque entre el calor y la tierra de este mundo agostado; aunque el frío queme, como escribe Mario. Abramos, con Juan, las ventanas, que el miedo es un cáncer que se cura con el viento.