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De personas y de llaves

Por despistado tomaban todos a Don Marcial. Había de esforzarse sobremanera para no ir olvidando todo a cada paso: contraseñas, nombres y colores, el lugar donde estacionó y hasta las rosas que cada año (alguna vez) regalaba a su esposa el día de su aniversario. Pero Marci, como algunos le llamaban, era un luchador. Se armaba de lentos ritos para no caer en las desastrosas consecuencias de sus despistes cotidianos. Caminaba con una pequeña agenda en el bolsillo, la cual a menudo consultaba. Se dejaba avisos en la puerta, en el móvil y hasta en la ducha. Y procuraba dejar siempre las llaves sobre la misma repisa. Así le era fácil encontrarlas, aunque cuando no estaban allí no sabía dónde buscar. A pesar de largos años de entrenamiento, el despiste y la nostalgia fueron ganán dole terreno, sobre todo desde que su casa se vació de una presencia muy querida. Él, con una copa en la mano y el horizonte nublado, se escondía en locos pensamientos. Las personas son ll...

A la puerta de casa

A la puerta de casa. A la puerta de casa ocurren muchas cosas. La vuelta al hogar. La alegría por el fin de los exámenes. El ruido de la puerta irremediablemente rota. El viento. Las manos y la cabeza de un hombre que busca en la basura algo útil, algo bueno, algo bello. El silencio. Las preguntas. La pregunta: ¿te importa la vida de la gente? ¿quieres a ese hombre?

La ranea de los crómodos

Sonaba el trailon de la cuaca a la tanada, y los raños se alemaban hacia abajo, zingrando como aquellos años en que la teva y la puna eran la sobrealardable fuerza que amozonaba como galima los quebrados róticos de aquellos rítmicos crómodos; como aquellos años en que caneteaba, túvico, el cánodo, una y otra vez, mientras los crómodos, entimados y sudorosos, no cesaban en su sísida ranea, una y otra vez, nositando el fásido ritmo del cánodo. Una y otra vez. Una y otra vez. Todo resifla ahora con bosas námidas, es verdad, pero nada ha trestasado la tristeza triste de los crómodos. (Homenaje a Julio Cortázar, estilo inspirado en  Rayuela, capítulo 68 )

Necesito tiempo para odiarte

Quise perdonarte cuanto antes, y no me di cuenta de que todavía te odiaba. Entonces te odie, te odie sin más, intensa y largamente, afianzado en la promesa de no volver jamás a perdonarte. Hasta que el odio se cansó y pude ver que ya te había perdonado. Aprendí que el perdón va más allá de las palabras niñas dichas bajo amenaza, que el odio es normal, y que las cosas importantes suceden despacito. Aprendí que te quiero, que te odio, y que te perdonaré de nuevo una tarde de verano en que todo esté en calma; que te perdonaré aunque no te lo diga, aunque no sepas siquiera que te he odiado. Necesito tiempo para odiarte... ...porque te quiero.

Quiéreme bien

No me quieras por la grandeza de mis palabras, como si las creyera. Quiéreme por la pobreza de mi existencia, que canta con cuentos todo lo que le falta. Porque no siempre es verdad lo que se sueña, ni se cree lo que se sabe, ni se piensa con palabras. Porque a veces lo real está escondido, y la mentira es el origen del sentido de los días. Tú quiéreme así, despojado de luces y de verdades, charlatán de sueños, incompleto y en camino. Tú quiéreme así, quiéreme bien.

Espectador de la primera fila

Espectador de la primera fila: Te escribo para devolverte elogios que son tuyos, para darte todo aquello que la sociedad te debe. Los actores se transforman, salen de sí, cambian de look y de acento. El escenario y las luces les anuncian que son otros, que no son quienes son, que no pueden serlo. Tú en cambio, espectador de la primera fila, estando fuera de escena estás muy dentro de la vida del teatro. En ti se hacen reales las mentiras que viajan en las palabras de bellas actrices. En ti no hay guión, errores ni cameos. En ti todo vive en presente, y el futuro se abre azul como pregunta, como horizonte, como mar. Te quiero porque en ti, espectador de la primera fila, la última página del teatro de la vida no ha sido aún tocada por la tinta de nadie. Déjame pedirte una butaca a tu lado, para ser contigo, como tú, el principal de los actores secundarios.

El testigo de la duda

Cuentan que no hubo otro como él. Era amante de la verdad objetiva. Mentía por miedo a que sus verdades fueran incomprendidas o rechazadas. Y, sobre todo, dudaba. Pasó la vida dudando. Siempre dudaba y dudaba de todo. Dudaba del maestro y de los libros, de la prensa y la radio. Dudaba de las historias de su abuelo y de los frutos de temporada. Unos jóvenes le preguntaron con sorna si no dudaba del suelo que le sostenía; él reflexionó detenido, y desde aquel día lo vieron caminar prudente y despacito. Por dudar, dudó hasta de su propia muerte, y algunos testigos confirman -no hay lugar a duda- que siguió respirando tras el último aliento. Justo hasta que los médicos que le habían dado por muerto decidieron darle de nuevo por vivo. Entonces, victorioso y vivo, se marchó con orgullo sobre sus torpes pasos. El menor de sus hijos recogió el testigo de la duda. Sin embargo, los años pasan y él no parece mostrarse tan hábil. Duda de muchas cosas, es verdad, pero aún no ha ...