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Quedará tu sonrisa

Nada me ha enseñado más en la vida que guardar silencio ante la muerte joven. Ni pésames ni protocolos. Tan sólo amar en la noche. Te quiero Kiko. Sufrimos tu partida. No sufras tú nuestra pena. Al final, nos quedará tu sonrisa. "Kiko, como familiarmente le llamábamos, había nacido el 25 de septiembre de 1985 en Shanxi, China. Tenía, por tanto, 27 años. Era el menor de cuatro hermanos. Se preparaba con ilusión para emitir su primera profesión en septiembre. Pidamos al Señor y al Corazón de María por su eterno descanso y pidamos también, de manera especial, por sus padres  y hermanos en estos momentos de dolor, acrecentado por la lejanía."

Aniversario

Todo parecía en calma. Nada era especial en apariencia, y él lo sabía, pero todo le invitaba a detenerse. Él lo hizo. Vació la maleta, sacudió los zapatos, se desnudó de ropajes y de días pasados, y miró su vida en espejos, en cientos de espejos. Los ideales de juventud y los rostros que atesoraba le dieron pistas sobre su identidad. El dolor puso sus pies sobre la tierra. La esperanza mantuvo su ilusión. Tras contemplarse una última vez, ya más consciente, tomó aire, y emprendió de nuevo el camino. Lo emprendió con un salto, confiado en que los brazos de otro le sostendrían.

Bibliotecas, aforismos e insultos marrones

Un aforismo es una tesis vaciada de palabras . El saber no ocupa lugar, pero algunos aforismos son demasiado largos. Por eso existen las bibliotecas, para almacenar verborreas y para que los tímidos paseen. La verborrea es la diarrea de la boca y un insulto marrón a las palabras . La mejor compañía de la palabra es el silencio. Cuando esto sucede, ha surgido el  aforismo  y los espacios se han roto.

De personas y de llaves

Por despistado tomaban todos a Don Marcial. Había de esforzarse sobremanera para no ir olvidando todo a cada paso: contraseñas, nombres y colores, el lugar donde estacionó y hasta las rosas que cada año (alguna vez) regalaba a su esposa el día de su aniversario. Pero Marci, como algunos le llamaban, era un luchador. Se armaba de lentos ritos para no caer en las desastrosas consecuencias de sus despistes cotidianos. Caminaba con una pequeña agenda en el bolsillo, la cual a menudo consultaba. Se dejaba avisos en la puerta, en el móvil y hasta en la ducha. Y procuraba dejar siempre las llaves sobre la misma repisa. Así le era fácil encontrarlas, aunque cuando no estaban allí no sabía dónde buscar. A pesar de largos años de entrenamiento, el despiste y la nostalgia fueron ganán dole terreno, sobre todo desde que su casa se vació de una presencia muy querida. Él, con una copa en la mano y el horizonte nublado, se escondía en locos pensamientos. Las personas son ll...

A la puerta de casa

A la puerta de casa. A la puerta de casa ocurren muchas cosas. La vuelta al hogar. La alegría por el fin de los exámenes. El ruido de la puerta irremediablemente rota. El viento. Las manos y la cabeza de un hombre que busca en la basura algo útil, algo bueno, algo bello. El silencio. Las preguntas. La pregunta: ¿te importa la vida de la gente? ¿quieres a ese hombre?

La ranea de los crómodos

Sonaba el trailon de la cuaca a la tanada, y los raños se alemaban hacia abajo, zingrando como aquellos años en que la teva y la puna eran la sobrealardable fuerza que amozonaba como galima los quebrados róticos de aquellos rítmicos crómodos; como aquellos años en que caneteaba, túvico, el cánodo, una y otra vez, mientras los crómodos, entimados y sudorosos, no cesaban en su sísida ranea, una y otra vez, nositando el fásido ritmo del cánodo. Una y otra vez. Una y otra vez. Todo resifla ahora con bosas námidas, es verdad, pero nada ha trestasado la tristeza triste de los crómodos. (Homenaje a Julio Cortázar, estilo inspirado en  Rayuela, capítulo 68 )

Necesito tiempo para odiarte

Quise perdonarte cuanto antes, y no me di cuenta de que todavía te odiaba. Entonces te odie, te odie sin más, intensa y largamente, afianzado en la promesa de no volver jamás a perdonarte. Hasta que el odio se cansó y pude ver que ya te había perdonado. Aprendí que el perdón va más allá de las palabras niñas dichas bajo amenaza, que el odio es normal, y que las cosas importantes suceden despacito. Aprendí que te quiero, que te odio, y que te perdonaré de nuevo una tarde de verano en que todo esté en calma; que te perdonaré aunque no te lo diga, aunque no sepas siquiera que te he odiado. Necesito tiempo para odiarte... ...porque te quiero.